Mi abuela Cándida era una mujer sabia.
Recuerdo que con diez o doce años, en uno de esos veranos que pasábamos con ella, le espetó a mi hermana Verónica algo que no llegué a comprender: "Estudia y trabaja para no tener que depender de ningún hombre". Estábamos con ella en la cocina. Andaba trasteando con sus cacerolas esmaltadas, preparando algo de sopa.
Me gustaría decir que la reflexión protagonizada por Andrea en esta historieta es tónica general en todos los IES de España, pero por desgracia dista mucho de ser así. De hecho, por eso la he dibujado.
Cada año, cada curso que pasa, me horroriza más el retroceso que, a pesar de las políticas y el trabajo de los agentes sociales, de la familia, de los profesores, está sufriendo la figura de la mujer en este país. Me horroriza y me duele, pues muchas de mis compañeras más veteranas han sido (y son) militantes en un empoderamiento que reggaeton y televisión mediante, empieza a brillar por su ausencia.
Observar a una profesora emancipada, hecha a si misma, llevarse las manos a la cabeza al descubrir que una miquinorria de tercero de ESO, brillante e inteligente, está dispuesta a repetir el curso porque su novio -que suele ser el más macarra del vecindario, por cierto- le ha convencido de que no es nada sin él, de que estudiar no merece la pena y de que es un poco tonta, te atraviesa el alma como mil puñaladas. Y no precisamente porque te dediques a la docencia y tengas una sensibilidad especial para estas cosas.
